miércoles, mayo 25, 2005

Antuco, uno

Estuve en Antuco. Estuve incluso en La Cortina y ahora la imaginación me hace vislumbrar cómo fueron aquellos momentos en que se vieron perdidos, desorientados, desesperanzados, y también cansados y con mucho frío.

No es fácil soportar una tormenta de nieve a los pies del volcán Antuco. Nada de fácil. Hay que tener algo de aguerrido para no dar la lucha por perdida y hay que tener fuerza mental para no desesperar ante lo que parece ser la nada.



En eso se convierte todo arriba. En la nada. El viento blanco pinta todo de ese color. Desaparecen los cerros, los refugios, las rocas o cualquier cosa que te permita decir acá estoy. Te ves inmerso en un vendaval de aire helado - heladísimo- que viene cargado de agujas o vidrio molido o algo por el estilo que te obliga a bajar la cabeza a cubrirte con ambas manos a querer tirar todo a la mierda y volver a tu casa a tu cama para secarte y echarte a descansar.

Por eso dije que eran héroes los que pudieron sobrevivir. Porque no eran tipos con experiencia ni con equipos preparados para estar enterrado medio metro - y más- en la nieve.

Yo no la conocía. Sólo por la tele o una vez que la vi congelada y sucia en lo que solía ser un riachuelo que serpenteaba por la ladera del volcán Puyehue. Pero nada más. Nada como lo de Antuco. Y no es que Antuco sea el peor lugar o dónde cae más nieve. No, pero para los que no tienen experiencia ni van preparados, se puede convertir en mortal.

Que lo digan los muchachos que pudieron bajar. Bien por ellos. No sé cómo, pero aperraron, apretaron los dientes y están otra vez en casa y la pueden contar. Que se salgan o no del regimiento eso ya es cosa de ellos, pero al menos que los que eran sus superiores paguen ahora como tienen que pagar.

Por los que bajaron, pero también por los que fueron bajados y por los que aún no son desenterrados. Cabros de la edad de mi hermano que vieron en el servicio una oportunidad - porque lo es, no hay duda- pero que pagaron caro la obstinación de uno o unos, la pobre mentalidad de esos de mayor jerarquía, que porque tienen más estrellas piensan con el orgullo en vez de la cabeza. Que asuman y sufran como sufren esos papás. Que quien los manda los encuentre a todos y la pague igual. Es su deber, como superior de todos, por el error de sus designados y por los que también cometió.

Yo estuve en La Cortina y bajo el viento blanco. Estaba abrigado y no andaba perdido, pero se experimenta igual. Bastan 10 minutos y uno no quiere más. Los pobres cabros no querían más.